El Crack del Socialismo del Siglo 21

El Socialismo del Siglo XXI habla de bienestar y progreso para los pueblos latinoamericanos. En los discursos de sus exponentes. En la realidad, sólo decadencia, autoritarismo y pobreza causan a sus sociedades. Hablan en contra de los países “imperialistas”. En los hechos (en una desatinada carrera por parecerse a Cuba), negocian con ellos y sus dirigentes se enriquecen, mientras persiguen a medios periodísticos, a políticos opositores y a jueces independientes. Palabras y hechos se estrellan permanentemente en la gestión de gobierno de Hugo Chávez y sus aláteres del ALBA (Alianza bolivariana para los pueblos de nuestra América).

La semana pasada, Argentina y Venezuela avanzaron algo más en esta esquizofrenia. Ambos países tienen estados quebrados, con déficits fiscales productos del clientelismo, sin autoridad para conseguir lo que cada uno de nosotros está obligado a conseguir día tras día, año tras año: que nuestros gastos se ajusten a nuestros ingresos. Para evitar esto, han recurrido, de la mano de Cristina Fernández y de los tutores del “chavismo sin Chávez”, a las viejas teorías fracasadas de los años 70’s y los 80’s, como sacadas de un baúl envejecido y maloliente de moho.

El gobierno de Cristina Fernández de Kirchner en Argentina, anunció un “acuerdo” con las empresas, para congelar todos los precios en supermercados y tiendas durante 60 días. Adicionalmente, se les prohíbe publicitar sus ofertas en los diarios y en la televisión, y se racionará la compra de productos para evitar el desabastecimiento. Si las empresas comerciales no respetan este “acuerdo”, la sanción será expropiarlas. Qué pasará al final de los 2 meses de congelamiento, es algo que nadie sabe, ni siquiera el gobierno que lo implantó.

Detrás de la medida de la señora Kirchner, está el tratar de contener la cada vez más desbocada inflación en Argentina, que fue útil al kirchnerismo porque acrecentaba los recursos fiscales para atender al creciente gasto público clientelar mediante la emisión descontrolada y, ocultándola en las estadísticas nacionales, engañaba a sus aliados sindicales y a los acreedores con deuda referenciada (ante el silencio cómplice de tantos organismos intergubernamentales como la CEPAL o el BID que nunca dijeron nada, antes de que el FMI denunciará públicamente el engaño del gobierno argentino).

Su gobierno ganará, así, tiempo para las elecciones legislativas de octubre próximo, mientras busca obtener algunos avances en causas de alto impacto electoral, como Malvinas, la negociación con los acreedores “holdout” o el atentado a la AMIA. Detrás también hay el deseo de presionar, castigar a empresas, entidades sociales y medios periodísticos a fin de evitar que las malas noticias perjudiquen el relato de un país impoluto, boyante y en ascenso gracias al kirchnerismo. Si la realidad no se compagina con las fantasías de Cristina Fernández, peor para la realidad y para quienes sí ven la cruda verdad.

El gobierno venezolano, en tanto, devaluó el bolívar en un 32 por ciento hace unos días, efectuando la quinta devaluación del bolívar “fuerte” en una década. Dicha devaluación era ampliamente esperada, en vista del deterioro de las cuentas fiscales luego de que el presidente Hugo Chávez echara mano de todo el gasto público posible el año pasado a fin de asegurar su reelección hasta el 2019. Así, la administración bolivariana tiró la casa por la ventana en 2012, y el gasto público se disparó a niveles nunca vistos. La agudización de la escasez de productos y el hasta ahora imparable avance de la inflación (que se buscó combatir con la sobrevaluación artificial del bolívar), en un nivel anual del 22,2 %, son otras de las causas de la devaluación, muy lejos de los propósitos de “justicia social” del chavismo. Al respecto, Venezuela ha registrado en los últimos siete años una de las mayores tasas de inflación de la región a pesar de tener control de precios y de cambios desde el 2003, lo que explica por ejemplo, porqué Caracas aparece situada recientemente como la novena ciudad más cara del mundo junto a metrópolis del mundo desarrollado como Tokio, Oslo o París.

El gobierno venezolano en uno de más de sus habituales lapsos esquizofrénicos, por un lado dijo que la devaluación era positiva. Por el otro, la señaló como culpa del “capitalismo”. En realidad, las causas de la devaluación tienen que ver un déficit fiscal que ronda el 20% del PIB, un dólar que se compra en la calle a cuatro veces la tasa oficial, y una inflación que ya es una de las más altas del mundo, y sigue subiendo. Además, los niveles de ocupación se mantienen por la gigantesca expansión del empleo público, la deuda externa es diez veces mayor que en 2003, y la capacidad productiva del país cayó drásticamente a pesar de los altos precios del petróleo. Así, las importaciones pasaron de US$13,000 millones en 2003 a más de US$50,000 millones. En cualquier caso es insólito que la situación fiscal del gobierno chavista sea tan precaria en momentos en que el precio del petróleo, el principal componente de la economía venezolana, se encuentra por encima de los 100 dólares por barril. El despilfarro clientelar, la gigantesca corrupción dentro del chavismo, el barril sin fondo que ha significado la compra de aliados internacionales y la metódica destrucción de la empresa privada, explican buena parte de esta situación.

Pero también hay una intención subyacente: Parece que son cada vez más sólidos los pronósticos de que Venezuela se verá obligada realizar este año unas nuevas elecciones presidenciales debido a que el presidente Chávez, que no ha sido visto en público desde hace más de dos meses, no está en condiciones de continuar con su mandato por el cáncer que padece. Así, la devaluación le permitiría al gobierno de Nicolás Maduro obtener más bolívares para alimentar algún tipo de sensación de bienestar de cara a la previsible elección presidencial. De modo que el chavismo devaluó para poder conseguir los bolívares que necesita a fin de mantener con vida los programas sociales que carguen la elección a favor de Maduro.

Pero esa sensación de bienestar (si se da) será de muy corto plazo, ya que la devaluación no va acompañada de medidas correctivas para hacerle frente a la inflación. De esa manera, la devaluación sólo será medicina para tratar los síntomas y no para combatir a la enfermedad real. Incluso un rebrote inflacionario será esperable en los próximos meses, reintroduciendo a la economía venezolana en una espiral descendente mucho más pronunciada y una nueva devaluación futura…

Para Venezuela y Argentina no será nada fácil salir de su cada vez más apurada situación económica, no sin antes pasar por el purgatorio de un plan antiinflacionario que ajuste al estado y sus finanzas, tal como hacen cualquier país serio en el mundo, es decir, casi todos los países que no quieren ser seguidores serviles y pordioseros del Socialismo del Siglo XXI. De esa manera será, como en los 90’s, el regreso de la ortodoxia monetaria y fiscal para frenar la irresponsabilidad populista, con su cuota de dolor y contrición para las sociedades. Pero no sólo en Argentina y Venezuela. También podría serlo en Bolivia, Nicaragua, Ecuador, Cuba, Brasil… Sí, el socialismo lo volvió a lograr.

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