América Lachina o América Arabina: Cortejada por los peores

Hace unos días inició la primera visita a América Latina del nuevo presidente de China, Xi Jinping −que también es jefe del Partido Comunista−, su segundo viaje al extranjero desde que Xi asumió la presidencia apenas en marzo pasado, con un gobierno caracterizado por un gran activismo internacional. Una visita tan temprana habla de la importancia que China concede a las relaciones sino-latinoamericanas, importancia que seguramente seguirá creciendo en el futuro cercano.

Para 2012, el comercio bilateral entre China y América Latina alcanzó un récord de 261,000 millones de dólares, con un aumento del 8 por ciento en promedio año con año. El gigante asiático se ha convertido en el tercer mayor inversor en el Caribe y Latinoamérica, totalizando un 9 por ciento de la inversión extranjera en la región, unos 156,000 millones de dólares anuales. También se estima que, desde 2005, China ha concedido aproximadamente 86 mil millones de dólares en compromisos de préstamos a países latinoamericanos. El monto de préstamos chinos en el año 2010 es superior a la suma de los préstamos concedidos por el Banco Mundial (BM), el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y el Banco de Exportación e Importación de Estados Unidos (Banco Ex-Im) en el mismo periodo, préstamos que por otro lado, ni son tan competitivos, ni más benignos que los de estas instituciones, al contrario, y que llevan aparejadas adversas condiciones económicas, de competencia o medio-ambientales.

Pero lo que esta detrás de estas cifras es que China, mediante comercio, inversiones y préstamos, viene dando vida artificial a esperpentos tales como el kirchnerismo, el chavismo, el castrismo, el sandinismo… Los varios nombres que denominan la ilegalidad, la irresponsabilidad económica y el fascismo recubierto de democracia. Pero obsérvese que a pesar de ser también una dictadura, a China no le importan esos regímenes, a los que mira desde cierta superioridad, ni el llamado “Socialismo del Siglo XXI”: Su proyecto no es hundirse con ellos ni, mucho menos, trasplantar en América Latina su “capitalismo de estado” (que ni es capitalismo sino mero mercantilismo, ni es estatal sino del partido comunista), simplemente es asaltar América Latina, utilizando los resquicios de corrupción, ineficacia económica y decadencia política por donde pueda entrar a cada país, instalarse y medrar para aprovechar sus recursos (de modo monopólico en el futuro, para transformarlos en poder financiero, tecnológico y militar). Tal es el llamado modelo parasitario chino de expansión económica.

Los regímenes que gobiernan países como Venezuela o Ecuador, Cuba o Argentina, y otros, son simplemente facciones criminales que intentan enquistarse aún más y sobrevivir, para lo que buscan ayuda, no importa de parte de quién, ni a qué costos ni -y eso es lo peor- con cuáles propósitos. Por eso, junto con la creciente presencia china, no sorprenden tampoco las reiteradas noticias de la tenaz y progresiva incursión de grupos terroristas musulmanes en Latinoamérica.

Así, por ejemplo, en las recientes conclusiones sobre el ataque terrorista de 1994 contra la sede de la AMIA en Buenos Aires, se acusa a Irán de haber desarrollado una amplia red en América del Sur, que incluye a los doce países de esa subregión, a fin de cometer, fomentar y patrocinar actos terroristas, destinándole a este fin la cantidad de 150 millones de dólares. El correlato de esta acusación es que se establece que todo un régimen político (el de Irán) ha venido ejecutando un proyecto de poder a escala internacional, cuyo propósito sería exportar la revolución islámica aprovechando la existencia de una amplia población de ascendencia musulmana, predominantemente árabe, en América Latina.

Por otro lado, se cuenta cada vez más con datos preocupantes de la presencia y expansión de los intereses iraníes en América Latina, aprovechando actividades como las del narcotráfico para financiarse, y contando con el apoyo político, diplomático, material y logístico de gobiernos como el de Venezuela, embajadas, centros islámicos, instituciones financieras y empresas comerciales e industriales en varios países.

Al respecto, en su informe 2013 sobre terrorismo, el Departamento de Estado de EEUU enfatiza que la actividad terrorista iraní en América Latina aumentó el año pasado. Y advierte sobre el financiamiento y la posible expansión de la actividad subversiva iraní en México, Cuba, Ecuador, Bolivia, Nicaragua y Venezuela. La persecución y los actos intimidatorios que crecientemente enfrenta la comunidad judía en esos países (incluso desde claustros universitarios públicos y, peor aún si se puede, desde los propios gobiernos, como en el caso de Venezuela) avalan ese señalamiento.

Muchísimas más evidencias se suman para suponer una presencia terrorista musulmana más profusa y profunda de lo que se supone: Al respecto, repárese por ejemplo, en la hipócrita actitud de gobiernos como los de Argentina, Brasil y Venezuela respecto a Siria, quienes al mismo tiempo que retóricamente demandan el fin de la violencia en ese país, comercian crecientemente con el régimen de Bashar al Assad, sin importarles que éste despliegue una sangrienta maquinaria de represión contra sus opositores y de masiva violación de los DDHH contra la población civil. O gobiernos que reciben con toda la pompa del estado al presidente Mahmoud Ahmadinejad y a sus enviados en sus constantes viajes a la región, sin ser siquiera molestados por ninguna autoridad judicial.

Hasta hace poco, personalidades como Dilma Rousseff, Lula da Silva, Cristina Fernández de Kirchner y hasta Hugo Chávez, hablaban de que sus regímenes podían dar consejos y lecciones de éxito a un Occidente en declive. Hoy, con sus regímenes recogiendo las banderas que ayer ondeaban, por las crisis económicas que asuelan a Argentina, Brasil y Venezuela, ¿cuál será su posición y disposición frente al cortejo de los peores?

@victorhbecerra

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