Brasil: Protestas, Populismo y Fútbol

Como sucedió hace unas semanas en Suecia, o apenas días atrás en la plaza Taksim de Estambul, Turquía, las protestas de la semana pasada en Brasil tomaron a casi todo el mundo por sorpresa. Al menos a quienes creían que los gobiernos dadivosos y supuestamente benefactores de manera obligada producen ciudadanos agradecidos y contentos. Los tres casos muestran que no siempre es así.

Aún es temprano para saber si las difusas protestas en Brasil continuarán e incluso, para conjeturar con cierto realismo sobre reales causas de su aparición, aunque pueden extraerse algunas conclusiones preliminares. En principio, los organizadores dicen que sí continuarán las manifestaciones durante esta semana y que se ampliarán a una veintena de ciudades brasileñas. Lo que sigue siendo poco claro es si existe una reivindicación común entre los distintos grupos que protestan (en su mayoría formados por jóvenes), que van desde los reclamos por el aumento en el precio y la mala calidad del transporte público, hasta quienes rechazan el crecido y poco transparente gasto en la organización del Mundial de fútbol 2014, pasando por grupos de trabajadores públicos que exigen más presupuesto para su actividad o jóvenes que rechazan la represión policial. Esa amplitud de intereses y conglomerados puede hablarnos de un movimiento no mediatizado por ahora por los partidos políticos tradicionales (lo que no excluye a ciertos grupos minoritarios y/o radicalizados) y también de la falta de representatividad de los partidos brasileños, que no supieron advertir ni canalizar el descontento que iba incubando en la sociedad de ese país.

Junto con la aparente espontaneidad de las movilizaciones de los nuevos “indignados” brasileños, llama la atención el uso de las redes sociales, el distintivo común de todas las movilizaciones juveniles en lo que va del Siglo XXI, desde Nueva York hasta El Cairo, de Madrid a Sao Paulo. Así, las redes sociales han servido no sólo para dar cohesión y cierta estructura a estos grupos variopintos, sino fundamentalmente para trascender a los medios de comunicación tradicionales y hasta desfondar a los propios partidos políticos. Si estos jóvenes tienen cuenta de Twitter o Facebook y con ella pueden lograr una amplísima resonancia y vinculación directa e inmediata con muchísimos otros jóvenes, ¿para qué adherirse a un partido político?

Al respecto, me parece que los manifestantes reflejan cierto desapego entre las instituciones y los ciudadanos y hasta una crisis de representación política, como también sucedió en prácticamente todas las movilizaciones desde Occupy Wall Street, y tal como dejan ver los silbidos contra Dilma Rousseff el sábado pasado al inaugurar la Copa Confederaciones en Brasilia, que le obligaron incluso a no leer su discurso. Su silencio posterior, no asumiendo las lecciones del caso, y sus bravatas e insultos previos contra los medios de comunicación, nos hablan de una Dilma arrogante, intransigente, provocadora, renuente a cualquier forma de contrapoder, más cercana, digamos, a Cristina Fernández de Kirchner y lejos, por ejemplo, a Sebastián Piñera. En ese contexto inquietan hasta dónde pueden llegar grupos radicalizados y cuerpos de seguridad de por sí intolerantes, con una autoridad política lenta en reaccionar y con lecturas equivocadas de lo que está sucediendo.

Habrá que esperar al desarrollo de las protestas en los próximos días, para extraer conclusiones más cercanas a lo que realmente se está moviendo en estas protestas y saber hasta dónde pueden llegar, saber si afectarán el ambicioso y ya excesivo proyecto del Mundial de Fútbol y las Olimpiadas del 2016, y hasta si tendrán algún impacto en las elecciones presidenciales del 2014. Por ahora, las marchas coinciden con una caída en la popularidad de la presidente Rousseff que en la semana llegó al 54,2 por ciento.

En ese contexto pueden medrar con suma facilidad grupos dispuestos no sólo a utilizar políticamente las protestas, sino también a sacar todo el provecho posible del erario público. Ya uno de los grupos organizadores de las movilizaciones, Passe Livre, formado básicamente por estudiantes, propuso por ejemplo un sistema de transporte público pago a través de impuestos y no de pasajes, cuyo valor debería ser estratificado (quien gana más, paga más y quien no gana nada, no paga nada); dignos alumnos de Carlos Marx. También ciudadanos sin aparentes apuros económicos, más bien privilegiados respecto a sus conciudadanos, se preguntan cómo se repartirían entre ellos los injustificados fondos públicos que el gobierno brasileño destinará al Mundial, unos 14.000 millones de dólares hasta ahora. A ninguno le pasa por la mente en que tan injustificable es una cosa como la otra. El robo al contribuyente y el desperdicio de recursos públicos no se resuelven ni alivian por las buenas intenciones que se buscan.

Si algo reflejan por ahora los acontecimientos de los últimos días es, a mi parecer, que buena parte de la sociedad brasileña sueña en no cambiar, en no reformar su economía y su corrupto sistema político para afrontar el duro desafío que hoy se le planta, y que muchos brasileños piensan que, tarde o temprano, el populismo de Lula y Dilma les dará lo que creen merecer. No saben lo que les espera…

@victorhbecerra

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