Metiéndose en Honduras

A menos que Xiomara Castro de Zelaya decida dinamitar su incipiente carrera política no reconociendo los resultados de este domingo, las elecciones presidenciales hondureñas fueron anticlimáticas. Para bien de Honduras. A los agobiantes problemas que desangran a Honduras, como el narcotráfico, la violencia y ser uno de los tres países más pobres del continente, no era necesario sumar uno más con un posible gobierno de la familia Zelaya alineado a la estrategia cubano-venezolano de “dominar” la región, además de sus propuestas de “refundar” al Estado hondureño, crear una nueva constitución, impulsar un “socialismo democrático a la hondureña”, recortar el peso de los militares en la vida política y alinearse a los países del ALBA en política exterior. El tamaño más bien minúsculo de Honduras en el contexto regional y la ideología conservadora y pragmática detrás del matrimonio Zelaya, hacían casi risible tal estrategia, pero habría agregado mayor encono y sordera en la búsqueda de solución a los problemas de Honduras.

El crispado cuadro previo a las elecciones, con nueve candidatos presidenciales, cuatro de ellos abanderando partidos surgidos tras la expulsión de Manuel Zelaya del poder el 28 de junio de 2009; el empate técnico entre Xiomara Castro y Juan Orlando Hernández que pronosticaban las encuestas; el nerviosismo por las consecuencias de la posible llegada de un vengativo matrimonio Zelaya a la Presidencia, y la fragmentación y hasta posible desaparición del Partido Liberal, el histórico partido de 122 años de existencia que es uno de los pilares del agotado bipartidismo del país, podrían leerse como resabios del traumático episodio de la sustitución de Manuel Zelaya y el posterior aislamiento de Honduras de todo vínculo internacional, tal como efectivamente se hizo. Sin embargo, me parece honestamente que ello es dar demasiada importancia a un hecho que ya fue juzgado, resuelto y que quedó atrás. Los que están allí, inconmovibles, son los problemas de Honduras, los cuales no tienes fácil solución.

El drama hondureño se caracteriza por niveles de violencia y criminalidad galopantes,  asociados al narcotráfico exportado desde México y a las actividades delictivas de las pandillas juveniles conocidas como “maras”: Honduras hoy tiene el nivel más alto de homicidios en América Latina, según el más reciente informe del PNUD sobre el tema, con una tasa de 77.5 asesinados por cada 100.000 habitantes. Pero hay regiones con tasas aún mayores, como La Ceiba (181.5) y San Pedro Sula (166.4). Por otro lado, un 71% de sus 8.4 millones de habitantes vive en la pobreza, un 53% en la miseria y el desempleo alcanza niveles del 40%, según la ONG local Foro Social de la Deuda Externa y Desarrollo (FOSDEH). Esto en un contexto de corrupción a todos los niveles y donde el endeudamiento público alcanzó el 39% del producto interno bruto (PIB) en los primeros nueve meses del año, según la Secretaría de Finanzas. Se estima que el déficit fiscal superará el 6% este año, junto a la caída de las exportaciones del café y de la demanda de maquila por parte de EEUU.

Por eso no sorprende que Honduras sea uno de los tres países latinoamericanos con niveles más bajos de apoyo a la democracia, con un 44%, sólo por encima de Guatemala y México, según la corporación Latinobarómetro. Tampoco que ese país presente el nivel más bajo de la región en confianza en el presidente y en el gobierno. Y que sólo un 6% de los hondureños tenga la idea de que el país progresa, el nivel más bajo de toda la región. Al respecto, hasta 71% de los hondureños consideran mala o muy mala la actual situación económica del país, y sólo 21% considera su situación económica personal como positiva. Así, es uno de los países en donde los ciudadanos se sienten en peores condiciones económicas, y no ven un futuro demasiado esperanzador, según la misma investigación.

Tales son los problemas reales de Honduras, no el acomodo de unos cuantos políticos que en el poder o en la oposición (la vieja y la nueva) nunca se han sentido incómodos con el arreglo institucional que han terminado pagando la mayoría de los hondureños. Por eso no sé si se deba felicitarse a Juan Orlando Hernández, presunto ganador si se oficializan los resultados y ya felicitado por varios presidente de la zona, dado el tamaño de las expectativas que se echa a las espaldas, y la actitud díscola y rencorosa de su principal oponente y de sus aliados, a contracorriente incluso de la opinión de observadores como Fernando Lugo, expresidente de Paraguay, que antes de los primeros resultados resaltaba la transparencia de todo el proceso electoral. Al respecto, extrañamente, la nota con las declaraciones de éste fue eliminada por TeleSur, tras saberse los primeros datos adversos a la señora Zelaya, otra candidata (como antes a la señora Bachelet) a la que el “prestigio” de Luiz Inacio Lula da Silva, el sospechado y nunca juzgado ex presidente brasileño, no logró apuntalar y hacer ganar.

@victorhbecerra

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