¿Luchar contra la pobreza o por una mayor igualdad?

A la larga, ¿qué reporta mejores niveles de vida para una sociedad: enfocarse en lograr una mayor igualdad en los ingresos o en luchar para reducir las carencias más apremiantes de la pobreza? La pregunta toca uno de los debates económicos más polémicos y actuales. Dicho debate parece haberse decantado provisionalmente en la popular idea de que la desigualdad es algo malo y, en cambio, una mayor igualdad es buena de por sí, a través de una amplia y coactiva redistribución del ingreso y de la riqueza. En suma, quitándole a “los ricos” para dar a “los pobres”.

Sin embargo, hay cada vez más razones y datos que fundamentan justamente lo contrario. Tomemos por ello un par de casos que los “igualitaristas” rara vez tocan, quizá porque son tan evidentes que destruirían toda su ardua argumentación.

En los últimos veinte años, Venezuela ha perseguido con ahínco ser una sociedad más y más igualitaria. ¿El resultado? En la última edición del reconocido Misery Index, presentado hace unos días y preparado por el profesor Steve Hanke, Venezuela ocupa el primer lugar (mismo lugar que ocupó en 2016 y 2015), como la economía más miserable del mundo. Otro índice similar, el Misery Index Forecast 2018, preparado por Focus Economics, también coloca a Venezuela en el mismo lugar, lo mismo que el Bloomberg’s Misery Index 2018, elaborado por esa calificadora, que ubica a Venezuela como la economía más miserable del mundo, por cuarto año consecutivo. Los tres índices tienen diferencias metodológicas importantes, distintos datos base y un conjunto diferente de estudio, por lo que no son la mera repetición de resultados, sino estudios robustos y rigurosos.

Los tres estudios concluyen, con diferente énfasis, en que la miseria se deriva de una alta inflación y un alto desempleo. Al respecto, en Venezuela, la hiperinflación se disparará a 13,000 por ciento este año, según el FMI. Eso significa que los precios aumentarán, en promedio, casi 1.5 por ciento cada hora. La inflación, la depreciación de la moneda y el intervencionismo estatal han hecho que Venezuela sea hoy un país muy pobre, con 80 por ciento de los venezolanos viviendo debajo de la línea de pobreza, con comida tan escasa que pocos pueden darse el lujo de comer tres veces al día y en donde incluso, la mayoría de los medicamentos básicos no están disponibles.

Si los pronósticos del FMI son correctos, la economía venezolana se contraerá otro 15 por ciento en el 2018. Eso significa que la mitad de la economía del país habrá desaparecido en estos últimos cuatro años. Pero eso está sucediendo en un país que tiene las reservas probadas de petróleo más grandes del mundo y la octava mayor reserva de gas natural. Hace una generación, Venezuela era el país más rico de América Latina y en 1970, estaba entre las 20 naciones más ricas del mundo. 

Venezuela está sumida en su actual reparto igualitario de la miseria, precisamente por las políticas que buscaban pro activamente la igualdad desde la llegada al poder de Hugo Chávez en 1999: Controles de precios y de cambios, estatización de sectores enteros de la economía, expropiaciones y otras medidas arbitrarias en contra del sector privado, drásticos aumentos de impuestos contras las empresas extranjeras, subsidios y programas asistenciales al por mayor para redistribuir la riqueza, corrupción desbocada… políticas que le han llevado a ser uno de los países menos desiguales de Latinoamérica (el sueño de todo igualitarista!). Pero esa mayor igualdad ha significado una miseria intolerablemente alta. Por ende, la igualdad económica no necesariamente es buena ni es una idea legítima en su consecución. Y muchas políticas públicas que la buscan resultan, a la larga, extremadamente perjudiciales: son peores que la enfermedad que buscan curar.

En contraste, China lleva cuarenta años buscando combatir la pobreza, sin importarle mucho que las desigualdades crezcan. En 1985, el líder comunista Deng Xiaoping, fundador del “capitalismo de Estado” y encargado de abrir China al mundo, declaró que “dejemos que una parte de la población se enriquezca primero, que ellos llevarán al resto hacia la prosperidad”. Como resultado, China ocupa el último lugar del Misery Index del profesor Hanke, como el país menos miserable del mundo; en los otros dos índices ya citados, ocupa lugares similares.

China se abrió al mundo a partir de 1978 y los resultados desde entonces han sido espectaculares. El PIB, las exportaciones de manufacturas y las inversiones se dispararon a tasas inéditas en la historia. Esto tuvo su impacto en la drástica reducción de la pobreza: China sacó más de 800 millones de personas de la pobreza desde entonces, cifra que representa más de 70% de la reducción global de la pobreza en ese período, según datos del Banco Mundial. Se trata de la mayor revolución social en la historia de la humanidad, una hazaña extraordinaria: ningún otro país ha logrado tal nivel de reducción en un período tan corto de tiempo. Ahora, el gigante asiático prevé eliminar por completo la pobreza en 2020; unos 43 millones están todavía en esa condición, sobre todo en el área rural, aunque la estimación bien puede ser mayor, si consideramos las áreas urbanas.

El portentoso crecimiento económico chino (en los últimos años el PIB creció hasta un 10% anual, ahora en torno al 7,5%) no ha impedido las desigualdades: según un estudio de la Universidad de Pekín, el 1% de las familias controla un tercio de la riqueza del país, y el 25% de las familias chinas más pobres solamente tiene el 1% de la riqueza china. En cierta medida pues, la búsqueda consistente de eliminar la pobreza, ha significado un aumento transitorio de la igualdad. En consecuencia, la desigualdad puede leerse como un reflejo del progreso social chino.

En los últimos años, los indicadores hablan de un atemperamiento de la desigualdad en China. Algunas políticas públicas pueden haber contribuido a esa caída, pero lo importante ha sido la capacidad de crear empleos y la masiva migración a las ciudades, con la consiguiente mejora en las capacidades del capital humano. Así, el aumento en la desigualdad trajo consigo los elementos para un mejor aprovechamiento de recursos y potencialidades. Ciertamente el creciente autoritarismo del gobierno plantea dudas sobre la continuación ininterrumpida del proceso chino, pero hasta ahora los números allí están.

Como podemos ver en estos casos, China aumentó la desigualdad y bajó notablemente la pobreza; Venezuela, en cambio, redujo la desigualdad y aumentó extraordinariamente la pobreza. Los resultados están a la vista de todos. Y son una lección de prioridades: debemos preocuparnos por reducir la pobreza, creando las condiciones para mejorar los estándares de vida de los más necesitados, no por la atenuar la desigualdad, mediante políticas redistributivas que son verdaderas fábricas de pobres. La desigualdad es inherente al progreso social, para bien.

@victorhbecerra

 

 

 

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